¿Franco ha muerto? La censura entonces y hoy.

En ocasiones pensamos que el paso del tiempo entraña una superación crítica sobre la historia que transcurre y se va quedando atrás. Nos concebimos capaces de no cometer ni justificar los errores del pasado, sobre todo de un crudo pasado político llamado dictadura. Sin embargo disponemos de valiosas herramientas que nos ayudan a desenmascarar algunas estructuras silenciosas y peligrosas que siguen encostradas en una sociedad que simula haber superado el fascismo.

La expresión artística es, desde luego, una de esas herramientas infalibles que consiguen evidenciar que nuestros pecados históricos no han sido resarcidos y que aún hoy existen organizaciones amparadas por la ley y por el Estado español que hacen que nos sea imposible garantizar una memoria histórica y un futuro libre de una culpa y una vergüenza que no nos corresponde.

Son casi cincuenta años los que separan las obras “Los Cuatro Dictadores” (1963) y “Always Franco” (2012) de Eduardo Arroyo y Eugenio Merino respectivamente.

En 1963 Arroyo fue invitado a la III Bienal de París donde expuso sus retratos de “Los Cuatro Dictadores”. Representaciones de Hitler, Mussolini, Franco y Salazar, donde se puede reconocer a estas figuras porque cada una lleva los respectivos emblemas y banderas nacionales, así como algunas características histórico-políticas que les identifican. Según el propio autor “son unos cuadros pintados en 1963 en el momento más áspero y rabioso, cuando quiero hacer mi pequeño proceso de Nuremberg y pedir responsabilidades a los criminales”[1].

Eduardo Arooyo, Los Cuatro Dictadores (1963)

Arroyo impactó y causó gran polémica con unas pinturas que condenaban la represión ideológica. A raíz de ello, el Gobierno español vetó sus exposiciones y le negó la entrada en el país hasta 1977. Otras obras, en esta línea, también le convirtieron en un enemigo del régimen franquista como “Mi Querido General” (1962), una obra que puede verse en la exposición “Del Compromiso al Pop” que puede visitarse actualmente en el Museo del Torreón y que habla de la pintura como potente arma crítica en una España descarnada y llena de temores.

Eduardo Arroyo, Mi Querido General (1962)

Arroyo, al igual que otros artistas del Realismo Crítico español, pretendía atacar la apariencia de normalidad cultural en la España franquista. Hoy, en la España que llamamos democrática, tampoco hemos conseguido la normalidad que anhelaba Arroyo y esto se evidencia al conocer cuáles fueron las consecuencias mediáticas y jurídicas que tuvo que soportar Eugenio Merino tras presentar en ARCO 2012 (con galería barcelonesa ADN) la polémica obra “Always Franco”, que muestra una estatua del dictador dentro de una nevera de refrescos. Tras verla el vicepresidente ejecutivo de la Fundación Nacional Francisco Franco, Jaime Alonso, afirmó que la pieza es “una ofensa que ninguna civilización moderna puede tolerar” y emprendieron acciones legales demandando a Merino con una indemnización de 18.000 por “dañar el honor del dictador”.

Eugenio Merino, Always Franco (2012)

Por suerte, como no podía ser de otra manera, la juez Rocío Nieto Centeno, desestimó la demanda. Aunque la FNFF no conforme, recurrió la sentencia y parece no rendirse, afirmando querer demandar a cuantos artistas ridiculicen la figura del General.

Si Merino quería reflejar que la imagen del dictador está “congelada” en la memoria de los españoles, con esta acción judicial queda más que demostrado. Sorprendentemente vemos que en la sociedad española siguen existiendo organizaciones que reclaman honor para un dictador, e intentan aplicar la censura y coartar la libertad de expresión de cuantos trabajan críticamente sobre la ideología que esta fundación representa.

La normalidad cultural de la que reclamaba el Realismo Crítico del que participaba Arroyo parece es algo inalcanzado medio siglo después. Arroyo lo pagó con el exilio y ahora tenemos que celebrar, como un consuelo, que podría pagarse “solamente” con la censura, como le ocurrió a Ausín Sáinz a principios de año, o con una sanción económica, como pretendía la FNFF con Merino.

El arte, como vemos, sirve también para detectar síntomas o evidencias de un sistema que no es capaz de prosperar, que sigue herido e incapaz de caminar firme y libre, atado por prejuicios caducos e ideologías fascistas. Arroyo, entonces, y Merino, hoy, muestran sin pudor las miserias de una historia y de una memoria que no queremos mantener y en la que no nos vemos reflejados. Por lo tanto, y al contrario de lo que se piensa, los temas en esta línea no han perdido el sentido, no se han agotado y no han sido superados.

Sólo haciéndolos evidentes, gracias al arte y otras herramientas, los triunfalismos fascistas serán desarmados algún día y entonces, por fin, podremos hablar de un sistema cultural crítico, autónomo y, por ende, libre.

_____________________

[1] Enrique Arriols Olalla (23/05/2013): “Los cuatro dictadores” en http://www.hombreencamino.com/2013/05/23/los-cuatro-dictadores/

 

 

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